Porque a veces siento que el mundo no me entiende o que tal vez la emisión de mis sentimientos de forma verbal es insuficiente. En esos casos no dudo, abro mi cuaderno y escribo. Mi mano se convierte en maestro de orquesta que, con un bolígrafo por batuta, dirige mis pensamientos traduciendo a letra escrita el pentagrama de la triste melodía de mi alma.
Escribo por necesidad, porque lo preciso, porque mi interior se revuelve y parece que va a explotar si no lo hago. Que más da si es una reflexión, una descripción, un pensamiento, una observación o un diario. Escribo para volar libre, para recorrer los infinitos paisajes escondidos en mi estrambótica imaginación y revelárselos a ese papel, paciente y callado, siempre dispuesto a llenar su espacio en blanco.
Mas no solamente las hojas sufren el cosquilleo de mi pluma, me sirvo del todo tipo de soporte. Escribo en el ordenador, en el Facebook, en el Twitter, en el blog. En cuadernos, tiquets de la compra, tapas de cajas de cartón, a veces incluso en el propio tablero de mi mesa. Que más dónde, las palabras emergen fluidas, sin forzarlas, vienen a mi para ser rescatadas. No importa si al escribirlas abro la caja de pandora, o si mis ojos se llenan de lágrimas, si se ruborizan mis mejillas o si suelto la más sonora de las carcajadas.
Escribo sin límites, sin apuros, sin puntos finales. Todo cuanto quiera contar puedo hacerlo sin que ni el reloj ni el resto de la gente me pare. Escribo porque hay mucho de mi o nada en mis palabras, porque la realidad se disfraza y toma otros nombres, otras formas y colores. Porque cuando escribo no llevo la mordaza en la boca. Lo que callo en el día a día, lo que admiro o lamento, lo que celebro, lo que lloro, lo que siento, solamente tiene cabida en mis textos.
Paula Xirasola
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